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lunes, 13 de octubre de 2014

La nube charlatana

Érase lo que era una nubecilla que no paraba de hablar todo el día. Explicaba historias de todo tipo, reales o inventadas, eso nunca se sabía. Las compañeras que habitaban ese trozo de cielo con ella estaban agotadas de tanto parloteo. Hasta que un día se reunieron y le comunicaron que ya no podían más, o se callaba durante una buena temporada o tendría que irse a otro lugar porque allí ya no tenía sitio. La pobre nubecilla se puso muy triste y estuvo llorando unos cuantos días, por lo que el pequeño pueblo de abajo suyo lo notó, ya que incrementó el caudal de su río.

Pero finalmente tomó una decisión vital. Muy seria y decidida, se fue a visitar al Señor Viento, el cual a penas hablaba. La nubecilla le explicó la situación y le dijo que quería aprovechar sus ráfagas poderosas para viajar a otro pedazo de cielo, donde la aceptaran tal y como era. El Señor Viento no contestó. Simplemente se pasó unos cuantos días sin reaccionar. La nubecilla estaba preocupada porque no sabía si realmente la llevaría. Finalmente, apareció el Señor Viento y le dijo:- ¡Ahora!. Empezó a soplar y soplar, y siguió soplando, arrastrando así a la nubecilla.

Juntos viajaron por todo el mundo, vieron valles y montañas de todo tipo. La nubecilla echaba de menos su trocito de cielo y de vez en cuando lloraba, regando los paisajes por donde pasaba, pero a la tierra no le importaba porque renacía y se refrescaba. Allá donde iba explicaba sus historias, primero un poco tristes y melancólicas, pero luego cada vez más alegres y chistosas.

Hasta que un día, el Señor Viento, cansado ya de soplar, dejó a la nubecilla sola. Era un cielo extraño, no se veía nada, estaba inundado de una niebla espesa y blanca. Ella fue avanzando lentamente pero de repente, se pinchó en la tripita. -Ayayay, ¿que es esto tan puntiagudo?- gritó asustada. Una voz profunda le contestó: -Soy yo, una montaña, no te asustes. ¿Quien eres tú?-. Y la nubecilla le contó que estaba asustada porque su amigo viento la había dejado sola allá, y no sabía donde estaba ni que debía hacer. De repente, pasaron como una exhalación, un grupo de vientos, que iban con mucha prisa por cierto. La nubecilla empezó a rebotar de aquí para allá, no sabía ni con qué chocaba ni cuando pararía pero, cuando los vientos se hubieron ido, la espesa niebla desapareció, dejando al descubierto todo un grupo gigante de montañas enormes y con cimas puntiagudas. Nubecilla, que no sabía estar callada, no supo qué decir en ese momento, debido a la sorpresa y el magnífico paisaje que estaba viendo. Pronto comenzó a conversar con todas aquellas montañas, a explicar sus historias y sus viajes. Ellas se lo agradecieron ya que, antes de que llegara nubecilla, aquella zona era triste, silenciosa y aburrida.

Nubecilla vivió entre ellas, creció e hizo florecer sus valles. Cuando una de las montañas se sentía sola, nubecilla se colocaba en su cumbre a explicarle cuentos y chistes. Entonces las gentes de los pueblos de los valles decían que esa extraña nube venía a alegrarles el día y lo celebraban con fiestas. Pronto, la fama de nubecilla recorrió el mundo entero, pasando de nube a nube, de montaña a montaña y de pueblo a pueblo. Hasta llegar a sus antiguas vecinas, las cuales la echaron de menos ya que ese trocito de cielo había quedado gris desde la partida de nubecilla.

Pasaron años y nubecilla convertida en gran nube blanca, recibió la visita de los traviesos rayo y trueno, los cuales haciendo uso de todo su poder rompieron a nubecilla en mil pedazos. Pero en lugar de desaparecer, lo que hizo fue dividirse en tantos trocitos de nube que pudieron repartirse por todas partes.

Dicen las gentes del valle, que a partir de ese momento, la lluvia de las pequeñas nubes es buena contra el mal humor, y cuando caen las pequeñas gotas, las gentes salen a las calles sin paraguas.